Una casa idealizada con muebles suntuosos, familia de exquisitos modales y retazos de la cultura occidental de la época, con televisión, vaqueros y reproductores de casete. En general, el Londres que presenta es defasado y oscurote, pero no muy distinto al que presentaban las propias series británicas de esos años.
Mary Poppins, la belleza que llegó del este
Tampoco aparecen el resto de limpiadoras de la casa, dejando todas las tareas del hogar a Mary Poppins. La madre de la señora Banks viene a visitarlos de vez en cuando y no aparece Bert, pero sí un personaje parecido llamado Robertson, en realidad el cuñado del señor Banks, que es una especie de hippie activista que, guitarra en mano, hace unos cuantos guiños pop en los momentos musicales y acaba colado por la niñera. Este dato es interesante, ya que Travers prohibió que hubiera flirteo entre Poppins y el deshollinador en el filme de Disney.
La pequeña ciudad representada en la miniserie no tiene un diseño de producción artificioso, pero mezclado con la visión mágica de un suburbio británico propio de libros infantiles, queda como un lugar realista pero lleno de elementos encantadores. La escena de tiovivo está al final, pero hay una pastelería de sueños o una estatua parlante.
El barrio y sus vecinos componen un lugar lleno de detalles pintorescos, con policías en bicicleta que tienen conversaciones surrealistas o el equivalente al capitán, que es aquí un conspiranoico con periscopio preparado para la llegada de extraterrestres.
La Mary Poppins soviética está encarnada por Natalya Andreychenko, una estupenda elección cuya actuación combina belleza —no hay por qué comparar, pero es radiante—, dulzura, elegancia, gracia y humor. En general, sigue los pasos de Julie Andrews y le da a un toque personal. Aunque carece de la sonrisa cautivadora de la actriz original, Andreychenko sabe aprovechar los contrastes entre su semblante firme y su lado más amable, que permite, con tan solo un cambio ligero en su rostro, mostrarnos el lado oculto del personaje.
Gatos danzarines y lentejuelas
En su primera parte se centra en conocer a Mary Poppins con los niños como espectadores poco partícipes de las peripecias de la joven niñera, en dónde vemos detalles de la película y de la novela. Sin embargo, en la segunda parte la bruja pierde protagonismo y aumenta el de personajes que estaban en segundo plano.
La mezcla de géneros se intensifica con números teatrales, casi propios de cabaret o revista, con un gato que baila y muchas lentejuelas en los que no sabes si te encuentras en ‘Noche de fiesta’ o en una de Fellini. El baile con globos rodado con ojo de pez y neblina podría lanzarse con una banda sonora inquietante para crear una set piece de puro horror infantil.
En general, la producción es modesta y sin la magia del esplendor technicolor Disney, la dirección cabalga entre lo cinematográfico y lo televisivo, pero carece de fuerza. Sin embargo es extravagante y digna de aparecer en ‘Mystery Science Theatre 3000’, no por su ineptitud sino porque resulta chocante y anacrónica en detalles tan aleatorios como que la Sra. Andrew fuera interpretada por un hombre travestido, algo sorprendente en una producción de la Unión Soviética, donde la homosexualidad era ilegal.
Puede parecer toda una rareza pero la realidad es que este tipo de películas infantiles surrealistas, locas, y llenas de canciones pop eran bastante típicas en la URSS de los 80. Sin embargo, hay un halo mucho más adulto en ‘Adiós, Mary Poppins’. Su director ha declarado que la intención no era hacer una película infantil sino para mayores. El hecho de que fuera tan bien recibida por los niños fue inesperado para él, y la verdad es que aunque no hay nada poco apropiado, el tono es indudablemente extraño y melancólico.
Super disco cabaret
En cuanto al material musical, no hay melodías o palabras mágicas para el recuerdo como «chin chim cheree» o «supercalifragilisticoespialidoso», aunque tampoco las hay en la secuela oficial. Por otra parte, tampoco puede considerarse un musical al uso, pero sabe aprovechar los momentos en los que introducir una canción con gancho que anime un poco el cotarro para dar un empujón alegre a la película.
Los temas fueron grabados por tres antiguos miembros de la banda Voskreseniye, y suenan con guitarra, teclados, sintetizadores chirriantes y batería, entre el New Wave y el musical de Bollywood de esos años. Entre todos los temas destacan la dulce balada que Mary Poppins canta a los niños antes de dormir, y ‘Veter Peremen’, el número final entre luces y brillos nostálgicos.
Para que no se ponga en duda su fama de origen, esta Poppins baila mucho más que Andrews e incluso los padres intervienen en las secuencias de danza. Aunque le falta un poquito de vitaminas entre escena y escena, la mayoría de clips son agradables y resulta simpático ver cómo salvan la papeleta del bajo presupuesto con detalles de creatividad y algunas sorpresas.
Aunque no veamos volar nunca a la niñera, ‘Adiós Mary Poppins es toda una experiencia que sobrevive, entre lo teatral y lo ecléctico, a su carencia de la magia disneyana —que, por otro lado, la secuela dejó claro que es irrepetible—. La narración es muy fría, muy típica del cine de países del Este en esos años, pero a su manera tiene un corazoncito latiendo, entre lo deprimente y lo lisérgico, y puede que algún despistado que se acerque buscando algo kitsch acabe maravillado con esta, para nosotros pobres occidentales, rareza gourmet.
Vía Espinof